Tenemos un compa al que decimos el Mustaine. El pinche Mustaine, cuando ya estamos borrachos. Es un gringo que toca en Megadeth. El grupo que nos ha acompañado desde que teníamos pelo y estábamos flacos. Antes de que algunos, como el Mustaine, fuperamos padres. En los días en que no nos alcanzaba para comprar la merch oficial, pero nos quedaba la talla chica de la línea pirata.

Al Mustaine me lo presentó mi primo Jorge. A él, su papá sí le compraba discos. Me enseñó el Peace Sells… but Who’s Buying? y me dijo: a este güey lo corrieron de Metallica por borracho y armó esta banda. Desde que apretó el botón de play en su modular, pensé: Ay, cabrón, este güey sí está encabronado. Así me hubiera puesto yo si me hubieran mandado a la goma de Metallica.
Por eso estamos aquí en domingo y Día de las Madres. En mi caso, ni siquiera tengo madre. Lo digo literalmente. Porque la misma enfermedad que el Mustaine llevó en la garganta fue la que se cargó a ella hace casi 20 años. Recuerdo haber cantado mientras lloraba de rabia la letra de “In My Darkest Hour”: “In my hour of need / Heh, no, you’re not there / And though I reached out for you / Wouldn’t lend a hand”.

El Mustaine se la escribió a una morra. A alguien que, como Metallica, le rompió el corazón. Pero a mí me sirvió para desahogar la rabia que me generó saber que mi jefa se había muerto, obligada a vivir un infierno, por culpa de esa maldita enfermedad que ni siquiera me atrevo a mencionar. De no haber tenido el thrash metal, no me hubiera conformado con darle un puñetazo a la pared. Chance me hubiera abierto el cráneo contra los ladrillos. Y hay gente que todavía se pregunta por qué bailamos slam. No entienden la puta vibra, dijera TikTok, ni la sensación sanadora que conlleva dar y recibir caballazos en el corazón del mosh pit.
Leí una vez en una crónica de Monsiváis una frase que el escritor recogió de un punk con el que platicó en el Tianguis del Chopo: Si no fuera por la música, ni salgo del vientre materno.
Pienso en ello mientras el Mustaine nos receta una ejecución brutal de “The Tipping Point”, el track que abre “Megadeth”, el que se presume será su último disco de estudio, y con la disciplina de un ejército se organiza a nuestra derecha el primer círculo de violencia consensuada.
Estamos Gabo, Paul y Rodrigo en la Arena Ciudad de México. A este último nos encontramos entre la multitud. Trae una cerveza en la mano y otras tantas en el torrente sanguíneo. Nos dice que viene con el Johnny y su novia, pero ellos compraron para las gradas. Coincidimos en ver los toros desde la barrera. Pero animamos a quienes aún mantienen el compromiso de romperse la madre en pleno 10 de mayo.
—Bien por ustedes, yo ya no aguanto —les grita Rodrigo, brindando por ellos al aire, con su pinta de guerrero nórdico en retiro. Ya no tiene fuerza para empuñar el hacha, pero contempla la guerra desde el Valhalla.
El Mustaine ya no toca tan rápido ni canta como en los viejos tiempos. Me dice Javier, él vendrá mañana al segundo de los conciertos de Megadeth en México, que el grupo ya cambió su afinación para adaptarse al tono de quien en el escenario sacude su melena de león de la Metro Goldwyn Mayer. ¡Pero quiénes somos nosotros —que, a excepción de Rodrigo, hace mucho dejamos el cabello en el pasado y en decenas de almohadas— para reclamarle algo! Nos resta venir a éste, el que pensamos que sería su última aparición en nuestro país, aunque ya dijo al micrófono que habrá otra, en el futuro, como un acto de lealtad. Hay que agradecerle lo que su música hizo por nosotros.
La tercera es “Angry Again”. Esa la escuché en el cine, en un remoto 1993, como banda sonora de la película Last Action Hero. Arnold Schwarzenegger aún no se convertía en el rancio gobernador de California e interpretaba a un héroe de películas de acción que, mientras disparaba su revólver en medio de secuencias de persecución, seguramente también escuchaba al Mustaine mascullar los versos “Engaged in crime, I grasp my throat / Enraged, my mind starts to smoke”.
Por eso digo que el Mustaine es nuestro compa. Uno más de la pandilla que se hizo adulto sin poderle meter el freno de mano a la vida. El que nos musicalizó la existencia. Nos hizo más llevadera la tragedia personal que es existir. Y de eso habla en “Let There Be Shred”, la novena de 15 canciones que toca en este primero de los conciertos. En ella, confiesa que nació con una guitarra en las manos y con la misión de hacerla estallar delante de nosotros.
Entre compas nos reímos. Por eso celebramos la aparición de una de las botargas —junto con Eddie The Head, de Iron Maiden— de los metaleros. Vic Rattlehead, el esqueleto que lleva los ojos, los oídos y la boca clausurados, se pasea por el escenario mientras el Mustaine nos entrega “The Mechanix”. Una de las dos, porque con “Ride the Lightning” ya sucede también, canciones que tienen dos versiones: la de Metallica y la de Megadeth.
Y en persona siempre le diremos al Mustaine que preferimos la suya (lo mismo les aseguramos a Hetfield y a Lars cuando vienen) y que la toca con más huevos.

Nos lanzamos por una cerveza después de esa auténtica sangría de dedos que son los riffs de “She-Wolf”. Pero ya que estamos formados comienzan las pentatónicas de “Tornado of Souls”. Mientras la vendedora vacía indiferente las latas en sendos vasos de plástico, Rodrigo dice que tenemos que volver al pit antes de que empiece el solo del pinche Mustaine. En mi caso, quiero escucharlo pronunciar “No olvidarás mis labios, sentirás mi gélido aliento, es el beso de la muerte” al final de la canción, con esa forma tan suya de cantar que se parece al graznido de un ganso satánico.
Nos despedimos del Mustaine como lo haríamos de cualquier compa de la cuadra. Pero en vez de apurar el último trago de cerveza y chocar puñitos, Paul, Gabo y Rodrigo coincidimos en un: se la mamó el cabrón, qué buen toquín.
Mañana tenemos que chambear. Y, si nos vemos estrictos, también el pinche Mustaine.
Ya prometió regresar en un par de años. Esos hacen los compas.
