El estreno de ‘The Mountain’ es la prueba definitiva de que Gorillaz ha dejado de ser una banda virtual para convertirse en un refugio emocional profundamente humano. En este nuevo material, Damon Albarn se despoja de la ironía y el caos digital que solían definir al proyecto, decidiendo en su lugar escalar una cumbre mucho más empícua: la de la vulnerabilidad pura. El álbum no se siente como una colección de éxitos diseñados para el club o las playlist, sino como una narrativa continua sobre la resiliencia y la belleza que florece tras el colapso.
A nivel sonoro, el disco es una experiencia hipnótica que logra algo muy difícil de ejecutar: capturar la esencia de la pérdida sin hundirse en la oscuridad. Existe una dualidad constante donde la melancolía y la esperanza caminan de la mano; cada sintetizador atmosférico y cada arreglo de cuerda parecen estar ahí para recordarnos que el duelo no es un estado permanente, sino un proceso de transformación. Es un álbum que no teme al silencio ni a los tempos lentos, encontrando su mayor fuerza en esos espacios donde la instrumentación orgánica —más presente que nunca— reemplaza la saturación electrónica de sus trabajos anteriores.
Lo que más sorprende de este viaje es la coherencia de su concepto. Aunque las colaboraciones siguen siendo una pieza fundamental, en ‘The Mountain’ no se sienten como invitados especiales buscando el reflector, sino como voces que habitan una misma conciencia introspectiva. El disco funciona como una brújula emocional; utiliza la metáfora del ascenso no para hablarnos de la conquista de una meta, sino del esfuerzo que implica seguir adelante cuando el aire se vuelve escaso. Hay una honestidad brutal en la forma en que los ritmos invitan a la catarsis, demostrando que incluso en la soledad más profunda, la música tiene la capacidad de conectarnos con algo universal.
Al final, ‘The Mountain’ se consolida como la obra más madura y necesaria en la trayectoria de Gorillaz. Es un recordatorio de que crecer también implica aceptar las cicatrices que cargamos. Al elegir la introspección sobre el ruido, Albarn ha construido un disco que se siente como un refugio; una invitación a respirar hondo en la altitud y a entender que, aunque el camino sea accidentado, la vista desde la cima —o incluso desde la mitad de la subida— vale totalmente la pena.