Hablar del post-punk peruano actual también implica mirar a quienes han sostenido sus lenguajes durante décadas. Carlos Compson ocupa un lugar particular dentro de esa historia: músico, compositor y productor limeño, vinculado desde hace décadas a la escena oscura local y con una trayectoria solista iniciada en 2009. Antes de consolidar su propio proyecto, formó parte de Cardenales y Voz Propia, además de liderar Deckadas, experiencias que lo conectaron con distintas etapas de la música alternativa peruana. Su recorrido posterior lo llevó a desarrollar una propuesta donde el rock alternativo, el post-punk, el dark wave y otras vertientes oscuras conviven con una escritura introspectiva. Cinco discos después, Levita Mortis encuentra a Compson trabajando desde un lugar construido a lo largo de más de quince años, cuando aquellas sonoridades que alguna vez estuvieron asociadas a una escena específica hoy forman parte de un mapa mucho más amplio.
El presente del post-punk peruano tiene una particularidad: ya no responde a una sola generación ni a una ciudad. Nuevas bandas y públicos han recuperado guitarras ásperas, bajos marcados, sintetizadores sombríos y estéticas vinculadas al dark wave, mientras músicos con décadas de recorrido continúan produciendo desde esos lenguajes. Compson pertenece a esa segunda línea, aunque su obra tampoco se limita a conservar una fórmula. Su aporte está en haber convertido el post-punk en un territorio personal, capaz de dialogar con el rock alternativo, la electrónica y una sensibilidad marcada por la contemplación. Sus recorridos por México, con presentaciones en espacios como el Tianguis Cultural del Chopo y el Festival Magia Negra, además de sus conciertos en distintas ciudades del Perú, han extendido ese vínculo más allá de Lima y han colocado su proyecto dentro de circuitos donde la música oscura mantiene una vida propia.
Levita Mortis puede leerse desde esa continuidad, pero su centro está en otro lugar: la existencia entendida como tránsito. El disco imagina cuerpos, identidades y realidades susceptibles de cambiar mientras algo esencial permanece reconocible. La muerte aparece entonces como una transformación antes que como un cierre, mientras “Levita” remite a elevarse, quedar suspendido y trascender, y “Mortis” introduce la muerte como parte de ese movimiento. Esa mirada conecta directamente con una constante de la obra de Compson: sus canciones suelen desplazarse hacia el interior para observar la conciencia, la identidad y aquello que ocurre cuando una persona atraviesa estados que no puede controlar completamente. Grietas, humo, polvo y fragmentación, presentes también en la dimensión visual del álbum, funcionan como imágenes de una materia que se rompe para adquirir otra forma.
Musicalmente, esa idea encuentra un lenguaje coherente con la trayectoria de Compson. Las guitarras conservan el peso rocoso que atraviesa su discografía, mientras bajos, teclados, programación y baterías editadas amplían el espacio alrededor de ellas. Los pasajes atmosféricos conviven con momentos de mayor intensidad y construyen una oscuridad menos dependiente de la estética que de la propia manera de mirar el mundo. Compson compuso, interpretó, programó, grabó, mezcló y masterizó el álbum en Capsule Studio Audio, una forma de trabajo que refuerza el carácter íntimo de una obra construida prácticamente desde una sola voluntad creativa. En Levita Mortis, esa autonomía sirve para llevar una tradición del post-punk peruano hacia una reflexión propia: la escena cambia, las generaciones se suceden y los lenguajes mutan, pero ciertas preguntas siguen encontrando en la guitarra, el ruido, la sombra y la voz de Compson una forma de permanecer.
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